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El Negro Buba un mantero embrujado

Por: Antonio Sánchez Charry 
Omar González Anaya, además de ser un magnifico médico, que ha dedicado sus conocimientos científicos a servirle a las clases menos favorecidas, es también historiador y folclorista. 
Registrando nuestros archivos nos encontramos con un trabajo suyo en donde narra la historia del “Negro Buba” un famoso mantero que se lució en las corralejas de Córdoba, Sucre, Bolívar, Atlántico y Antioquia. Su nombre era Pedro Nel Martínez, de Mompox. 
Cuenta que una mañana mientras atendía a un familiar del campesino Pedro Martínez este le contó la historia del “Negro Buba”, de quien se decía estaba “empautado”, de allí que en las corralejas era el amo y señor en lidia de los más “asesinos” astados, en las más famosas corralejas. 
“Le juro doctor Omar, que yo vi la muerte del “Negro Buba”. Vea ese negro era el mejor mantero del Sinú. Primero lo “manteaba” y después de darle veinte y hasta treinta trapazos, lo cogía por el rabo y lo mandaba por el suelo dando vueltas! Eso era por el gusto”. 
“Un sábado de gloria lo cogió un toro llamado “El diablo”, al que nadie se atrevía a acercársele. Eso fue en Cotorra. Pero déjeme que le hable de ese hombre: 
“El Negro Buba” fue un muchacho criado en la finca de los Argel, por ahí por Rabolargo. Cuando se hizo hombre se le dio por meterse a torear. Dice la gente que tenía los “niños en cruz”, también los “animes”, la “piedra de ara” y los “alicornios”. Por eso no moría por muy grave que fuera la cornada. Una vez lo vi bañándose en un arroyo, por allá por el cerro “Pecho Parao” y le conté en la espalda 65 cortadas; por el lado de las costillas tenía veinte y el pecho era un mapa. Su mujer era una negra simpática. Se decía que era bruja y que era ella la que tenía “asegurao” al Negro. Dicen algunos vecinos que la Negra aseguraba que “al Negro Buba lo matará un toro el día que yo muera”. Mientras yo viva al Negro Buba nunca le pasará nada”. 
“Y así fue doctor. Un día supe que la mujer del Negro Buba había muerto, pero ya el Negro no manteaba, porque andaba cojo y se desempeñaba como policía municipal. En esos días llegó la fiesta de corraleja en Cotorra. El negro no tenía ni cinco en el bolsillo. Ya lo habían botado de la policía y pensó ganarse algunos pesos en esa corraleja. Subió al palco de la junta y le pidió una botella de ron a un ganadero de apellido Lozano Casttro, no me acuerdo del nombre. Este le dijo: “Hombre Negro, sí te doy la botella de ron, pero por favor no te atrevas a metértele a ese toro. Ya tu estas viejo y cojo”. 
En ese momento bramó el toro en mitad de la plaza. Todos los manteros se arrumaron cerca a la valla. Era un toro negro de la finca del General Rojas Pinilla, más conocido como “El diablo”, con las puntas de los cachos afiladas. El Negro Buba le dijo al ganadero Lozano: “Deme la botella que yo se la pago con un trapazo y pa” que sepa que yo soy muy macho”. Tomó la botella y bajó del palco. Se encontró con un mantero al que le quitó el “capota” y caminó hacía la fiera. 
“Oiga viejo loco. Ese animal se lo va a “comer” vivo. Párese”, le gritaba el mantero. 
Entonces el Negro Buba hizo sobre el capote unos signos para “embrujarlo”, como él decía, y con su acostumbrado guapirreo citó al bravo animal. El encuentro se produjo cerca a la valla y como había pronosticado el ganadero Lozano el Negro Buba no fue el hombre para ese toro. Antes de que extendiera totalmente la manta ya tenía encima al toro. La primera cornada fue en la ingle, levantándolo varios metros y en la segunda lo lanzó contra la valla fracturándole la columna cono en siete pedazos. Los compañeros le cayeron al toro y lograron sacarlo de la corraleja. Solo alcanzó a decir “lleven la razón a Rabolargo: De esta no me paro”. 
“Y así fue. Lo acostaron en el corredor de una casa vecina y luego lo transportaron en una hamaca rumbo a Rabolargo. Dicen que por todo el camino se oía el escándalo de las brujas y el canto del Yacabó que enloquecía a los que lo transportaban”. 
“En Rabolargo duró vivo una semana. Dicen que no moría por la cantidad de aseguranzas que tenía. Apenas le sacaron la última, que eran los “niños en cruz”, entregó su alma al señor”. 
Los que estaban en el velorio vieron llegar una mujer negra que lloraba desconsoladamente sobre el cadáver y sorpresivamente desapareció. 
Aseguran que fue la mujer del Negro que vino a buscarlo. Casualmente en esos momentos los perros del pueblo comenzaron a dar aullidos, sembrando el terror en toda la población. También en el cementerio vieron aparecer un toro negro.”