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El último cumpleaños y el último día de Carlos Castaño

Por Toño Sánchez Jr.  Carlos Castaño ya sabía que era muy difícil que llegara a cumplir 39 años el 15 de mayo de 2004. Necesitaba de un milagro, no solo para cumplirlos, sino para mantenerse con vida y al mando de aquel terrible barco de las Autodefensas Unidas de Colombia, que se movía sin control en medio de unas endemoniadas aguas que estaban muy lejos de calmarse. Castaño sabía que los milagros en esta guerra colombiana no existen. Y que la crueldad de este conflicto armado no dejaba que Dios se metiera allí.  Además, que él ya estaba seguro que Dios no lo escuchaba. La prueba para tener esa certeza fue que él sintió como un castigo divino el nacimiento de su hija con el síndrome llamado Maullido del Gato (del francés Cri Du Chat). Así lo expresaba, a quienes lo acompañaban, en sus cortas noches de bohemia, que se hicieron más seguidas y largas con esta triste noticia.  No hay otra forma de explicar su repentina e inexplicable nostalgia, que lo convirtió, de la noche a la mañana, en un hombre melancólico, y que en esos episodios empezaba a hacerse fuertes juicios de conciencia. Cuando la tertulia pasaba de dos horas era común escucharlo decir: “Dios si perdonará a un hombre como yo”. Y agregaba: “Porque nosotros lo que somos es bandidos”. La noche continuaba con una disertación política, que era en sí un monólogo, sobre el futuro de las AUC y Colombia. La arremetida contra el narcotráfico era el punto culminante. Luego empezaban los recuerdos de infancia. Recordaba todos los nombres de las fincas donde se la pasó en Amalfi cuando niño y pelao. Fueron tan fuertes esas evocaciones que, contra toda recomendación de no ir, hizo un viaje hasta allá, expresamente, a visitar esos lugares. De pronto él era el único que lo sabía, y como dicen los viejos, estaba recogiendo sus pasos.  En aquellas últimas tertulias, ya entrada la noche, y con bastantes tragos de Chivas 21 Años encima, que tomaba a pico de botella, comenzaba a evocar a sus grandes amores. Lo hacía recitando poemas completos de Benedetti y de Neruda. Luego, con su vozarrón ronco y grave, llamaba a uno de sus guardias de más confianza: “¡Buelvas!”, hermano, tráigame lo que siempre me guarda”. Este alegre moreno, de jovial y sincera sonrisa, de pronto rara en ese mundo, pegaba un brinco y cogía un morral negro Samsonite que un amigo le había traído de regalo. ‘Buelvas’, fue reclutado por Carlos Castaño en un bello y olvidado pueblito, a la orilla del Río Sinú, llamado Volador, era quien guardaba los Cd´s de música, números de teléfonos fijos, direcciones, celulares y razones escritas de amigas, novias o amantes del comandante. Era una responsabilidad muy delicada. Era el archivo de la vida recontra íntima del ‘Pelao’, que era como lo había bautizado su hermano y mentor, Fidel Castaño Gil. Fue este quien hizo de aquel una máquina de guerra y muerte. ‘Rodrigo Doble Cero’, una vez dijo a muy baja voz: “Carlos no es bueno en el monte, pero en la ciudad es uno de los tipos más ásperos que he conocido para la guerra urbana, al punto que Pablo [Escobar] le arrancó dos veces y no pudo”.  Estas últimas tertulias de Carlos terminaban siempre de la misma manera. Cogía el morral que le traía su escolta, se montaba a la camioneta Nativa roja en que andaba y ponía a su cantante preferido, Gian Franco Pagliaro. Y arrancaba con la misma canción de siempre: ‘Si me olvidas te olvido’. Subía el volumen, se bajaba del carro y se montaba en el platón de una de las Toyota Hi Lux que lo escoltaban. Allí, en una de las dos largas tablas que le instalaron, como asiento para los escoltas, se acostaba mirando al cielo y marcaba a un celular. Al terminar el último número gritaba: “Lárguense de aquí, no quiero que me oigan”. Todos los escoltas se alejaban sonrientes. El motivo. Que Castaño no se daba cuenta que su ronco vozarrón se escuchaba a muchos metros de distancia. No había que hacer mucho esfuerzo para escuchar con nitidez: “Merceditas, mi amor, ¿cómo estás?”.  Era increíble, en esos momentos de tertulia y de fisgonear la intimidad del otro, creer que esa persona que estaba allí, mirando al cielo y recitando poemas de amor, era el Comandante en Jefe de uno de los grupos armados más letales de Colombia. Que en su accionar, llevaron su guerra  antiguerrillera hasta las más crueles expresiones de degradación.  Al día siguiente a Castaño lo atormentaban todos sus demonios, fantasmas y hasta la conciencia. Fue en estos momentos cuando empezó a tomar decisiones que lo dejarían totalmente solo. Y a ordenar secretas acciones que no demoraron en ser cobradas.  Las secretas acciones de Carlos fueron respondidas con el asesinato de sus más cercanos colaboradores en Medellín. El asesinato de uno de ellos lo dejó devastado, ‘Lucho’. Quien le manejaba absolutamente todo en Medellín. Era quien le mandaba desde las hojas de eucalipto, para el baño turco, hasta camiones con aprovisionamiento. Manejaba sus dineros y negocios. Era su mano derecha, izquierda, piernas, ojos, oídos y amigo. Era muy común ver a ‘Lucho’ en Montería en horas de la mañana, proveniente de Medellín y regresarse en la tarde. Muchas veces solo para traer una torta.  Carlos Castaño también se peleó con todos sus grandes amigos, aquellos de los que recibió solo enseñanzas y buenas recomendaciones. Toda persona que opinara diferente a él era sindicada de ser trabajador de los narcotraficantes. Razón por la cual empezaron a cogerle miedo.  Y para enrarecer más las cosas, fue en esos mismos días en que empezó a surgir un rumor de una carta que le había mandado hacia tiempo alias ‘El Arete’, quien fuera temible gatillero de Pablo Escobar, a Diego Murillo Bejarano, más conocido por la Drug Enforcement Administration, DEA (por sus siglas en inglés) y la Central Intelligence Agency, CIA (por sus siglas en inglés), como ‘Don Bernardo’, en la guerra de ‘Los Pepes’ y el Estado contra Pablo Emilio Escobar Gaviria. Pero en Colombia, ‘Don Bernardo’, era más conocido como ‘Don Berna’. ‘El Arete’ sabía que ‘Don Berna’ estaba esperando que él saliera de la cárcel para ‘pelarlo’. Como lo había hecho anteriormente con todos los que habían quedado en libertad y que tuvieron que ver con el asesinato de los Galeano. Todos los jefes de los combos de la ‘Oficina’ estaban a la espera del momento. En la carta, ‘El Arete’ le ruega a ‘Don Berna’ que no lo mate y le hace alusión a un amigo muy cercano que tuvo en sus inicios de ‘gatilleo: Carlos Castaño Gil. Cuenta cómo y cuáles ‘trabajos’ hicieron juntos. Pero un pedazo de la carta es lo que más llama la atención del temible ‘Don Bernardo’: “No se olvide, que Carlos termina matando a sus amigos”.  Solo existe la palabra de ‘Don Berna’ con respecto a lo que dice esa carta del ‘Arete’. Pero personas que conocen de la historia han manifestado que de pronto la carta lo que dijo fue: “No se olvide, que los Castaño terminan matando a sus amigos”. Será el decir de ‘Don Berna’ y ‘El Arete’, quien se encuentra vivo, los que tengan la verdad verdadera.  A la mayoría de los amigos que le quedaban a Carlos Castaño le empiezan a llegar estos rumores y otros. No tienen ninguna intención de indagar por la veracidad y comienzan a esconderse de Castaño. Este los llamaba, pero aquellos no respondían. A Carlos Castaño solo le quedaba ‘Don Mario’. Un traficante de armas que le dijo a Castaño que trabajaba con la CIA y le enseñó el discurso contra el narcotráfico que Castaño enarboló con mucha pasión hasta cuando fue asesinado.  Quienes fueron compañeros de armas de Carlos Castaño, consideran que el principio del fin de este comandante comienza cuando el 30 de agosto de 2000, como a eso de las 4 de la tarde, conoce a ‘Don Mario’, en la finca ‘La Veintiuno’ o ‘La Gallera’, en San Pedro de Urabá. Su visitante venía de la finca ‘La Primavera’, ubicada en Piamonte, Caucasia, de propiedad de Carlos Mario Jiménez, ‘Macaco’. Uno de los más poderosos narcotraficantes que ha tenido Colombia. Acostumbraba a decir: “La Policía no se compra, se alquila”. Y por esto fue que mató a muchos uniformados que aceptaban trabajar para el narcotráfico y después se ‘retorcían’.  No hay que olvidar que Carlos Castaño comienza a cogerle bronca a ‘Macaco’, al punto de que su hermano, Vicente Castaño, alias ‘El Profe’, tercia en esta disputa, pero siempre en favor de ‘Macaco’. Carlos comete el error de no dimensionar el poder de este narcotraficante, que montó una de las estructuras militares más temibles de las AUC, lo que se conoció como el Bloque Central Bolívar, BCB. Grupo que a fusil y sangre sacó al ELN de gran parte del Sur de Bolívar. Su centro de mando estuvo en un miserable pueblito llamado San Blas, Simití, Sur de Bolívar.  Pero el principio del fin de Carlos Castaño inició a las 10 de la mañana del martes 24 de septiembre de 2002, cuando se anunció el pedido de extradición de los Estados Unidos en su contra. 24 horas antes, de que el Presidente George W. Bush recibiera por primera vez, en visita oficial, al recién elegido Presidente de Colombia, Álvaro Uribe Vélez.  Carlos Castaño estaba en la finca llamada ‘La 28’ o mejor conocida como ‘La Ciudad Punto Com’, en El Tomate, Antioquia, muy cerca, de un punto llamado ‘Rancho al Hombro’, que poco tiempo después será determinante en su vida.  Castaño llama a uno de sus escoltas y pide que por radioteléfono llamen de inmediato a ‘Don Mario’ y lo cita en la finca ‘La 21’.  A las pocas horas de conocida la solicitud de extradición, el comandante de las AUC le envía una carta a la embajadora de los Estados Unidos, Ann Patterson. En donde deja claro que está dispuesto a entregarse a la justicia norteamericana. Esta carta no solo inquieta a todos en las Autodefensas, sino que muchos narcotraficantes piden audiencia de inmediato con ‘El Profe’. Ya no era un rumor lo que venía circulando hace tiempo, de que Carlos estaba buscando acercamientos con los EE.UU. La carta oficializaba todo. Ya a Carlos Castaño todos lo comienzan a ver como un peligrosísimo sapo de los ‘Gringos’.  Lo único que medio aplaca a Carlos Castaño es que el Gobierno de Uribe Vélez ordena iniciar unas conversaciones exploratorias de paz con las AUC. Escenario ideal para tratar de parar la posible extradición. Carlos Castaño ve en este proceso su oportunidad de oro para desmontar todas las Autodefensas y asestar un duro golpe a todos los narcotraficantes que hacen parte de las AUC. Muchos de esos narcos fueron amigos de él en el pasado y eran quienes le enviaban bultos de dólares y cientos de millones de pesos.  

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El año 2003 inicia con acciones de la guerrilla que le dan la fuerza al Gobierno Uribe Vélez de arremeter con todo contra ellos. El 7 de febrero atentan contra el Club El Nogal.  El 5 de mayo de 2003 el país se estremece con la noticia de que las Farc asesinaron a Guillermo Gaviria, al ex ministro Gilberto Echeverri y a 8 militares en una fallida operación de rescate.  Para esa misma época venía preparando mi libro ‘Crónicas que da miedo contar’, en donde Carlos Castaño había aceptado ser fuente de primera mano. Su condición para aceptar, fue que teníamos que vernos cuando él pudiera, para lo cual debía desplazarme hasta donde él estuviera. Yo acepté.  Carlos Castaño era de un orgullo y vanidad, que dejaban anonadado a cualquiera. En una ocasión me dio una cita para mí libro, pero unos compromisos laborales me impedían asistir y le expliqué las razones por las cuales no podía en esos días. “Para qué me pide cita entonces, respéteme. Yo soy una persona muy ocupada, para que un periodista de provincia me irrespete”, me respondió, desde su privado correo electrónico que era: amigo_carlos@hotmail.com  Pasaron más de tres meses para que aceptara nuevamente recibirme. Esa nueva cita me la dio en la zona rural de Chigorodó, Antioquia. Llego el jueves 15 de mayo de 2003. Ese día Carlos Castaño cumplía 38 años y sería su último cumpleaños. Y este es el relato.  Tocaba llegar primero hasta Medellín y de allí tomar una avioneta hasta Apartadó. Allí, una camioneta hizo el resto del recorrido que demoró un poco más de tres horas. Lo sorprendente, era ver entre las inmensas plantaciones de plátano retenes artesanales en donde se pagaba un peaje para mantener en buen estado las vías. Hasta las camionetas de las Autodefensas pagaban.  Llegamos a una inmensa finca que tenía una ‘Mayoría’ de dos pisos, construida toda en madera. El conductor de la camioneta me entrega a un escolta y le dice: “Este es el invitado”.  Llego hasta una inmensa sala en donde están sentadas 7 personas, de las cuales solo conozco a dos. Quien se para a saludarme, Carlos Castaño, y ‘Don Mario’.  “Cómo está, Toñito” (así me dicen todas las personas que saben que mi padre también se llama así. Esto me tocó explicarlo, tanto en la Fiscalía como en la Corte Suprema de Justicia). “Siga hermano (esta sí es una palabra muy común de los paisas que creo no debo explicar), esta reunión le puede servir para sus historias”.  Castaño me presenta a todos los que están en la mesa. Solo quiero mencionar al más importante de ellos y a quien Castaño había invitado. Se trataba de Aníbal Palacios, en ese momento alcalde de un municipio de Urabá. Pero su importancia era por haber sido ex comandante del EPL.  Castaño sabía que era inminente la desmovilización de las Autodefensas, además que buscaba la manera de acelerarla y quería que el Urabá fuera la región pionera para ello.  Le pidió a Aníbal Palacios que le contara todos los errores que se cometieron con el EPL cuando ellos se desmovilizaron y los concentraron.  Increíble, pero el primer error al que se refirió Palacios fue que los llevaron a unos campamentos a los cuales no les hicieron baños ni les dieron camas y toldillos. Razón por la cual muchos desmovilizados se volaron y prefirieron seguir delinquiendo.  Aníbal Palacios le insistía a Carlos Castaño que no podía permitir que los desmovilizados estuvieran por mucho tiempo concentrados en esos sitios sin hacer nada, porque era lo peor que les podía pasar.  Castaño anotaba en una libreta amarilla todo lo que le recomendaba el ex comandante guerrillero.  Llegó el almuerzo, que fue servido como a las 2 de  la tarde. Era un exagerado pastel, con una inmensa presa de gallina y cerdo en la mitad. No había cubiertos, solo cuchara.  El almuerzo sirvió para que llegaran las anécdotas. Castaño y Palacios comenzaron a recordar las acciones militares que cada grupo le hizo al otro. Cuando llegaron al caso Humberto Quijano, Castaño cambió su semblante. Quijano fue el administrador de la finca ‘Las Tangas’, cuando Fidel estaba vivo. Fue asesinado por el EPL y esta acción provocó en Fidel una de las masacres más crueles contra el Urabá. 42 personas de Pueblo Bello fueron secuestradas y asesinadas. Coincidencialmente, cuando mataron a Quijano, los del EPL también se robaron 42 novillos de Fidel.  Pero el ambiente verdaderamente se tensionó cuando Aníbal iba a empezar hablar de aquel memorable combate, donde el comandante de un grupo del EPL, alias ‘Gonzalo’, derribó un helicóptero donde murieron nueve soldados, entre los que se encontraba el capitán Walter Frattini Lobacio.  Castaño se levantó y dijo: “Ya me tengo que ir”. Se acercó a Aníbal Palacios y le tendió la mano. La izquierda la posó en el hombro derecho del ex guerrillero y le dio las gracias.  A la entrada a la ‘mayoría, ya estaban listas ocho camionetas Toyota Hi Lux. Qué vaina de curiosa, pero a las Autodefensas, guerrilla, bandas y demás pelambres de bandidos, les gusta es la Toyota.  En la camioneta donde me invitan a subirme, iba adelante el conductor, que era Carlos Castaño, al lado ‘Don Mario’ y en parte de atrás yo. Allí aprovecho y le digo: “Feliz cumpleaños”.  Fue un poco menos de una hora de viaje hasta una hacienda, esta sí más lujosa y en medio de grandes plantaciones de plátano.  Uno de los guardias me conduce hasta una habitación. Y antes de cerrar me notifica: “El comandante lo espera en la sala”.  Al regresar a la sala hay una torta, bombas y otras personas entre las que se encuentra Kenia Gómez su compañera o esposa, Sor Teresa, ‘Danielito’, un comandante del Tolima, ‘Don Mario’ y otra persona.  Carlos pide tomarse una foto y me invita a que haga parte de ella, pero cuando hacen la captura él está descuidado.  Más tarde llega un comandante de las Autodefensas del Urabá con un cargamento de mariscos como para 30 personas.  Se sirve la cena y Carlos habla extasiado de lo que aprendido con Aníbal Palacios.  Al terminar la cena, Castaño pide a todos, que se acuesten temprano, ya que necesita preparar un documento para la reunión del día siguiente. Pero antes de retirarse, se gira hacia uno de los presentes y le dice: “Comandante, está seguro que toda esa gente va a venir mañana?”.  – “Claro que sí, comandante”, le responde el sorprendido subalterno por la pregunta.  El viernes 16 de mayo de 2003 Carlos Castaño se levantó muy temprano, su ronco vozarrón era un contundente despertador. Se metió en una hamaca y comenzó a leer en voz alta la lista de los invitados que esperaba a las 10 de la mañana. Me miró y se sonrió. “¿Sabe quiénes son estas personas?”  No me dejó si quiera responder. Él mismo lo hizo. “Todos los empresarios bananeros del Urabá y el nuevo Presidente de la SAC (Sociedad de Agricultores Colombianos), el que no eligieron para la Dimayor”.  Antes de las 10 de la mañana estaba toda la plana mayor de los bananeros reunidos en una oficina, esperando la llegada del comandante de las AUC, Carlos Castaño. La reunión empezó puntual. Pero antes de entrar Castaño al recinto, llamó a su escolta ‘Buelvas’ y le dijo: “A las 11 va a llegar un helicóptero, usted le va a decir al piloto que no lo apague. Y viene y toca a la puerta, entra y me dice: Comandante, el piloto manda a preguntar si apaga la máquina. Yo veré qué le respondo. Cuidado güevón y la embarra”.  – “Como ordene, comandante”, respondió ‘Buelvas’.  A las 11:30 a.m. se empezó a escuchar el sonido de un helicóptero, que aterrizó en un potrero de la finca.  El escolta de Castaño salió corriendo para el potrero y luego se regresó para el sitio de la reunión. Tocó y le dio la razón a su comandante, quien le respondió: “Dígale al Capitán que no la apague la máquina, que ya me voy”.  Carlos Castaño no solo era un paramilitar, también se las daba de actor. Y le funcionó muchas veces.  Al helicóptero nos montamos él, Kenia, ‘Don Mario’ y yo. Los escoltas se fueron por tierra. En el recorrido iba hablando sobre lo complacido que se sentía de que los bananeros hubieran entendido que la guerra ya se había acabado y que había que exigirle al Estado la seguridad.  Aterrizamos en la finca ‘Cincuenta’, en Valencia Córdoba.  A ‘Don Mario’ lo esperaba una camioneta que lo llevaría a otro sitio.  Castaño y yo seguimos caminando hacia la casa principal de esta finca y en el trayecto solo dice: “¿Bueno, Toñito, dónde fue que quedamos la última vez que hablamos sobre su libro?”.  Ese fue el último cumpleaños de Carlos Castaño. Pero falta nuestra última conversación horas antes de ser asesinado.  To be continued…       Finca La 28 Finca La Construcción Rancho El Hombro