Los celulares pueden ser un problema… no una solución

Por: Ángela Marulanda – 

Los científicos en la conducta humana consideran que los menores de edad no deben tener un celular para su uso personal. Lo cierto del caso es que ningún padre ha podido plantear una razón contundente para dotar a sus hijos de tal privilegio. Los celulares son aparatos que les permiten a los niños ver y participar en toda suerte de experiencias divertidas y emocionantes, a la vez que entretenerse con otras tantas que lejos de enriquecerlos los perjudican.

El motivo que argumenta la mayoría de los padres para darles a sus hijos un celular para su uso personal es que “quiero que mi hijo pueda comunicarse conmigo cuando lo necesite”. En tal caso, lo apropiado es darle un teléfono móvil con el que solo puedan recibir y hacer llamadas a sus padres y que no tenga conexión a Internet, ni cámara de fotos, ni les permita enviar o recibir mensajes de cualquiera.

Uno de los principales motivos para que se hiciera esta recomendación es que hoy hay varios estudios que han ratificado que los celulares son adictivos para los jóvenes. Lo cierto del caso es que, mientras que los adultos pueden ignorar las llamadas a su celular cuando no pueden responder, para los niños es imposible abstenerse de hacerlo.

Aunque muchos padres insisten en que sus hijos necesitan un celular porque así es como se comunican con los demás, lo cierto del caso es que ellos ya no saben conversar. Ahora su principal entretención es conectarse a Internet y enviar o recibir mensajes a conocidos y desconocidos y a todas horas del día o de la noche. Hoy muchos jóvenes están adictos a Internet gracias a los celulares y por eso tienen además dificultades para dormir, malas relaciones interpersonales y poco interés en sus estudios.

Una de nuestras obligaciones fundamentales como padres es la de resguardar a los hijos de cualquier cosa que pueda perjudicarlos física, mental o moralmente y, tanto las computadoras como los celulares, tienen el poder de hacerlo. De tal manera que es nuestro deber protegerlos de sí mismos y de todo lo que pueda perjudicarlos física, mental o moralmente.

Tomado de El Colombiano – 

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